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La anticoncepción en la historia

ANTICONCEPTIVOS

II Revolucion Sexual

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ANTICONCEPTIVOS

La ciencia una vez mas cambió de manera radical la forma de vida de las parejas, la cama nunca volvió hacer lo mismo, la sexualidad experimentó un giro radical cuando el Dr Pincus descubrió en 1959 la pildora anticonceptiva

Escribir al DR. Mauro Hoy

Durante los últimos cien años, la vida de los seres humanos cambió radicalmente. Los avances científicos y tecnológicos le brindaron a la población diversas facilidades y ventajas, las cuales delinearon nuevos horizontes cotidianos.

Quizá el adelanto más importante del siglo veinte fue la incorporación de los métodos anticonceptivos en la vida del individuo promedio. Con el surgimiento de métodos cada vez más eficaces, se configuró lo que hoy se denomina la segunda revolución sexual.

Se habla de revolución sexual porque se produjeron cambios totales e intensos en el modo de vivir la sexualidad. Esto se entiende claramente si recordamos que no fue hasta la década de los años cincuentas cuando se pudo disociar las relaciones sexuales del embarazo.

Hoy nos hemos acostumbrado a vivir la sexualidad de una manera totalmente distinta de como la vivieron nuestros antepasados. Por eso vale la pena describir, aunque sea de manera breve, cómo era la vida antes de los anticonceptivos.

En esa época, las relaciones sexuales periódicas implicaban una enorme posibilidad de embarazo, por lo cual ese riesgo provocaba fuertes restricciones en los hábitos sexuales de la población.

Los padres se oponían férreamente a que sus hijas (no sus hijos) iniciaran la vida sexual en la etapa premarital, por el miedo de que se embarazaran y luego el varón no asumiera las nupcias.

Por ese motivo, muchas familias propiciaban los matrimonios a temprana edad, para evitar que un embarazo convirtiera a su hija en una madre soltera, pues tal condición le aseguraba una eterna soltería y una dependencia económica de sus padres.

En la vida premarital, aquellas parejas que planeaban casarse y previamente iniciaban la vida sexual, con frecuencia se veían obligadas a adelantar la boda por la presencia de un embarazo incipiente.

La sexualidad en la vida marital se reducía a la esfera reproductiva. La vida de la mujer transcurría entre embarazos y períodos de lactancia, hasta llegar a la menopausia. Así, la profesión de la mujer era ser madre.

Según lo mencionan algunos relatos, muchas parejas solo tenían relaciones sexuales para embarazarse y, en el curso de los nueve meses y durante la lactancia, el varón satisfacía sus necesidades sexuales con prostitutas, muchas veces a vista, paciencia y aprobación de su mujer.

Encontrar placer, unión, regocijo y gratificación en los vínculos sexuales era censurable, aun dentro del matrimonio. Por ello, los hombres y mujeres que deseaban experimentar las delicias que el sexo depara, debían optar por la vía clandestina, ilícita, al margen de la conciencia social.

En las relaciones extramaritales, la infidelidad no solo implicaba riesgos desde los puntos de vista emocional y psicológico sino que, además, podía nacer una criatura, con las consecuencias obvias.

También debe recordarse que, en esas épocas, la ciencia apenas daba sus primeros pasos; el ser humano se recuperaba del oscurantismo científico producido por la Edad Media, y las condiciones de salud imperantes eran deplorables.

Muchas familias necesitaban entre quince y veinte embarazos para contar, al cabo de unos años, con diez o doce hijos que sobrevivieran a las altas tasas de mortalidad causadas por las pestes, las enfermedades y los problemas nutricionales tan característicos de estos períodos.

La tecnología apenas gateaba; las herramientas y los medios de producción mantenían un legado muy cercano al arcaísmo, por lo cual el ser humano participaba en el proceso de producción aportando más la fuerza bruta que el intelecto. En esa época, eran de importancia capital las familias numerosas, porque se requería de muchos para vencer a la naturaleza.

Los anticonceptivos no emergen como un hallazgo científico aislado. De ninguna manera. Más bien, son precedidos por una serie de descubrimientos que le cambiaron la faz al planeta: los antibióticos, los cuales permitieron controlar muchas de las infecciones que arrasaban con la población; las vacunas, que redujeron sustancialmente las muertes infantiles. Aunado a esto, los avances en el cuidado prenatal, en la cirugía y en la salud pública, condicionaron mejores expectativas de vida y menores tasas de mortalidad; es decir, ya no se necesitaban viente embarazos para tener doce hijos.

En el campo tecnológico, la revolución industrial, la creación del plástico, y la utilización de los hidrocarburos, transformaron la escena laboral: el hombre dejó de ser una bestia de carga y fuerza y comenzó a ser el director mecánico de una serie de máquinas que aumentaban el rendimiento y, por consiguiente, la producción. Esto significó que las familias numerosas eran cada vez menos necesarias para sobrevivir.

La evolución de todos estos procesos científicos y tecnológicos condujo a la situación actual, en la que las familias no son numerosas y las personas pueden satisfacer individualmente sus necesidades económicas.

Así, ya los hijos dejan su papel en la fuerza laboral familiar y son vistos en un sentido más vivencial, aunque, a la vez, se entiende que implican grandes esfuerzos económicos para los padres.

La incursión de los programas de anticoncepción familiar en el cada día de nuestra sociedad, trajo un sinnúmero de beneficios. Las parejas tuvieron la opción de planear la familia siguiendo la conocida frase de: tenga los hijos que pueda hacer felices y cuando pueda hacerlos felices, con lo cual se podían preparar para el duro reto en que se convirtió la paternidad.

Si tuviéramos relaciones sexuales solo para engendrar hijos, probablemente apenas tendríamos entre cinco y diez relaciones sexuales a lo largo de nuestra vida. De manera que las connotaciones de la vida sexual se amplían y se exploran las áreas de gratificación sexual y emocional.

También, la anticoncepción ha servido para disminuir los embarazos de aquellas relaciones sexuales conjugadas lejos de las variables emocionales, o entre personas que no están dispuestas a conformar un mismo proyecto de vida o a iniciar una vida en familia.

Gracias a la anticoncepción, ocurren menos embarazos en la adolescencia, en las relaciones sexuales premaritales, en los vínculos de infidelidad, situaciones que colocan al niño en una encrucijada social, económica, psicológica y emocionalmente delicada.

Pero los beneficios de la anticoncepción son mucho más pretensiosos. En aquellas madres en quienes un embarazo significaría un fuerte riesgo contra su vida, los anticonceptivos representan una excelente respuesta.

Muchas mujeres han podido gozar de su vida sexual sin enfrentar los papeles de madre, mientras se preparan para responder a los retos socioeconómicos que plantean nuestras sociedades. Una gran cantidad de profesionales con las que contamos hoy, quizás no habrían podido concluir sus estudios si hubieran iniciado la clásica carrera de la maternidad desde edades tempranas.

Algunos estadísticos han citado frases que calan muy hondo en los científicos actuales y destacan el papel de la anticoncepción, sobre todo en nuestros países latinoamericanos. La tríada de la pobreza, término utilizado para describir tres características asociadas a la pobreza extrema, está íntimamente relacionada con la reproducción.

Según esta tríada, tener hijos a temprana edad, tener muchos hijos y tenerlos seguidos son, en sí mismos, factores que atentan contra el porvenir económico de las familias en nuestra sociedad.

Todos somos conscientes de que, cuando una pareja de adolescentes procrea en una o en dos ocasiones, deberá lidiar con gastos sumamente altos para la manutención de los niños, y realizar esfuerzos intensos para poder trabajar y estudiar.

Muchos de estos jóvenes engrosarán el segmento de mano de obra no calificada, y son precisamente los que reciben los más bajos salarios del mercado.

La anticoncepción también ha servido para disminuir la dolorosa situación de aquellas mujeres dependientes económicamente de sus parejas por el hecho de haber tenido muchos hijos, y que, en nombre de esa dependencia, deben soportar maltrato, violencia y, en algunos casos, hasta vejámenes sexuales contra ellas y sus hijos.

Un aspecto de mayor importancia es que los métodos anticonceptivos pueden, de manera categórica y radical, disminuir la frecuencia de abortos que se practican en el mundo. Tal como lo señalan algunos estudios nacionales, el aborto deja secuelas psicológicas sumamente graves en nuestras mujeres, y la anticoncepción brota como el remedio a este grave problema que, además, tiene fuertes implicaciones morales.

A pesar de los grandes aportes de la anticoncepción, es importante mencionar sus limitaciones, entre las cuales surge una conceptuación mecanicista de la sexualidad. En ella el sexo, influido también por la deplorable sociedad de mercado en la que vivimos y la globalización selectiva de los privilegios, se ha convertido en un producto más que deambula por los distintos mercados del orbe. Tal vez esta sea una de las facetas más amargas de la anticoncepción.

De igual manera, la historia registra que, a inicios del siglo veinte, se trató de utilizar la esterilización quirúrgica con el objetivo de limitar el número de hijos en ciertas razas. Centenas de latinos fueron expuestos a tales procedimientos en algunas naciones sajonas, y esto constituye otra tachadura en la historia de la anticoncepción.

Sin duda, los cuestionamientos éticos postulados por la Iglesia católica romana, nos llevan a reflexiones filosóficas profundas y nos hacen recordar muchos de los dilemas existencialistas.

El concepto de que la anticoncepción viola la ley natural porque implica destruir el potencial de la vida, es un argumento totalmente respetable y, sobre todo, difícil de superar; quizás solo esta por encima el principio del respeto a la libertad individual, pilar de las legislaciones de buena parte de los países del mundo.

Muchos grupos irresponsables andan pregonando ideas erradas en torno a los anticonceptivos. Por ejemplo, los relacionan con la esterilidad, con algunas enfermedades o con malformaciones. Hoy sabemos que los métodos anticonceptivos son muy seguros y han logrado precisamente lo contrario: disminuir las parejas estériles, prevenir ciertas enfermedades y evitar algunas malformaciones.

Se debe insistir en este punto porque algunos inescrupulosos fanáticos, que buscan imponer sus obtusos criterios, han llenado de falsedades y temores a la población, y la han privado, de una manera egoísta, de los beneficios de la anticoncepción.

Por otra parte, sería ingenuo creer que los anticonceptivos disminuirían la pobreza de las naciones, pues sabemos que esta no es producto de que seamos tantos sino, más bien, que el egoismo sea tanto.

En este sentido, si evitamos lidiar con el verdadero origen de la pobreza, es decir, los grandes problemas de distribución, no podemos albergar la esperanza de que esta sea erradicada del mundo. No olvidemos que, mientras unos mueren de gula, otros fallecen de hambre.

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