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Cuando el reloj se detiene.

EL PARAÍSO DE LOS TONTOS Y EL TOBOGÁN ETARIO.

Defendiéndonos de la cultura.

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EL PARAÍSO DE LOS TONTOS Y EL TOBOGÁN ETARIO.

 

De un momento a otro, la vida se detiene. El despertador exhala su tempranero sonido, el tránsito deja de acosarnos, el jefe abandona su puesto siniestro y dándole la razón al mago Alberto, el tiempo, obediente a la leyes de la relatividad, se elonga alcanzando ese infinito relativo. Algo así dicen, los que saben por experiencia propia, que es la jubilación.

Escribir al DR. Mauro Hoy

No cabe duda que pensionarse es una suerte, un lujo, una dicha; pero también tenemos que ser claros en señalar que, para muchos, significa el inicio de un periodo acelerado de envejecimiento. Después de años de vivir del sudor de la frente, se tiende a creer que el trabajo es una pena, una especie de castigo y muchos han asumido la consigna que trabajar es tan malo, que hasta pagan por hacerlo.

Aun cuando esas ideas pululen por ahí, la ciencia nos dice que la realidad es otra: el trabajo suele ser la fuente de la juventud, el elixir de la salud mental y el espanta vicios. De ahí el enorme riesgo al que nos exponemos cuando dejamos de trabajar, sea por  una enfermedad, por un despido, por un golpe de suerte como heredar una fortuna o porque nos pensionamos. Sea como sea, nos exponemos a perder la esencia misma de la alquimia moderna.

Recientemente Clint Eastwood, que a sus ochenta cuatro años sigue igual de activo laboralmente, ante tantos cuestionamientos periodísticos sobre su longeva carrera cinematográfica, expresó una sentencia a manera de consejo: “yo no dejo que a mi casa entre el viejo”.

¿Y qué significa “evitar que la viejera entre en nuestras vidas”? Pues bien, significa levantarse temprano, dormir  lo necesario, comer con sensatez, evitar los excesos, hacer ejercicio, leer, escribir, evitar a toda costa pasar en la cama durante el día, mantener un nexo emocionalmente gratificante y, sobre todo, seguir trabajando, no porque las finanzas lo requieran sino porque la existencia misma lo demanda.

Así que es muy fácil hacerse viejo, enfermo y cacreco rápidamente: es cuestión de vivir en el paraíso de los tontos, ese mundo donde se ansía y se disfruta la vagancia en todas sus dimensiones. Se trasnocha, se come en exceso, se hace de los vicios un deleite, del ejercicio un enemigo, de la lectura una rancia costumbre, del sexo  una superficialidad y del trabajo un acérrimo enemigo.

El problema es que cuando nos jubilamos, de alguna forma sentimos que adquirimos un permiso para claudicar y se maneja la idea de que ya no hay que luchar. Cuando en realidad, es más bien esta etapa de la vida la que demanda más esfuerzo y más empuje.

Por eso, cuando coleccionamos almanaques, debemos evitar a toda costa hacernos viejos. Debemos defendernos de la cultura, sí, de esta cultura que ha convertido esos ambientes pre mórbidos en un cielo aquí en la tierra.  Debemos a toda costa deshacernos de esos estilos de vida foráneos que son sobradamente enfermizos.

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